un encuadre de mi vida

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Daniela Ochoa Sada

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el zoom de la ventana


El tipo de control de mis sentimientos, va mucho más allá de lo complicados que puedan ser, van más allá del instante preciso en el que suturo mis ideas, las encapsulo en un frasco de imágenes rotas.

Tomo un cuchillo, de ésos que untan los panecillos más sofisticados y discretos en la panadería, con mantequilla dulce y suave. Tomo también una taza, la acomodo justo en el lugar donde quiero empezar a preparar el cappuccino típico de esta mañana y le pongo dos de azúcar, pues la glucosa comparte mis sentidos más agradables.

Camino, llevo puesto un pequeño pantalón que justo tapa mi sentido de gordura, y aunque se que nada es perfecto, en algún lado también he visto el tipo de gordura peculiar donde me idenfico. También llevo puesta una blusa grande y sin mucho toque de elegancia pues los domingos son para disfrutarse.

Me acomodo en el sofá y puedo ver desde mi ventana como dos personas que se aman se gritan a lo lejos, también veo una camioneta que lleva cientos de naranjas y las venden, quizá no lo noté pero desde mi edificio cuelgan en los alambres unos tiernos, duros y viejos zapatos, me dan risa pero supongo nadie los quitará de donde están.

Y bueno, ya he leído más de tres libros, reflexiono tanto sobre mi vida y lo curioso que se vuelve ella mientras miro por la ventana, pues de una forma cada elemento que tienen los que viven por aquí sería discutible en una reunión de “ saque aquí sus sentimientos”.

Quizá la joven que peleaba con su novio se parezca tanto a mí y es que como odio la idea que las mujeres y los hombres peleemos siempre por las mismas estupideces, ¿qué no existirá otra forma más original de pelear? Apostaría sin duda la idea de pelear de formas tan distintas si el objetivo que se tiene es el mismo, llenarse de insultos desagradables, y aunque parezca cruel río ante ello.

También me identifico con el señor que vende las naranjas, no es que yo las venda, pero de alguna manera contribuyo a que el señor necesite vendérmelas a mí, porque es tan curioso que compre dos kilos de naranjas cuando en realidad sólo como una y las demás aromatizan el ambiente. ¿podría venderme sólo una y dos para el resto de mi casa?, pero la idea de comprarle las naranjas es mucho más extensa que el hecho de comerlas.

Por último me identifico en tal medida con el ser extraño que ya no quiere unos zapatos y opta por aventarlos por el cable,¿ será que debería hacer lo mismo con mis tacones de la pre adolescencia con colores rojo y morado neón?; quizá los colores son los que ambientaría la idea de colgarlos en los alambres.

Tomo un sorbo de café y disfruto la dulzura del muffin que como ahora.

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